Imaginaos: el centro de Madrid, las calles cortadas para que los ciudadanos puedan pasear a sus anchas. Más de las diez, más de las once, y todo continúa abierto, tiendas, museos, nada se escapaba de la maravillosa celebración. ¿Cuál? La Noche En Blanco.
Ayer, 19 de septiembre, Madrid se convertía en la ciudad del insomnio, ya que nadie pretendía irse a dormir, el ambiente era demasiado bueno como para echarte el edredón por encima. La cultura -gratuita, además- bullía a cada esquina por la que circulabas. Había demasiadas cosas en diferentes puntos de la capital -algunos ciertamente alejados- y fue una verdadera tristeza tener que escoger, o lo que es lo mismo, eliminar.
Empezamos quedando en Sol, en la esquina donde, desde 1894 -casi, Orwell, casi-, la Mallorquina vende sus dulces a todo el que se tercie. Desde este punto, Legazpi es nuestro destino metril. Y es que en Legazpi, más precisamente en el Paseo de la Chopera, el Matadero, lugar de nombre y circunstancias crueles en el pasado, se convierte ahora en un centro artístico, vanguardista, que mira más allá de lo tradicional.
Navegamos por alguna exposición de arte contemporáneo -ya no hay nada que envidiarle al Guggenheim- y tras mirar el reloj, preguntamos raudos en qué parte del Matadero se celebra el En Femenino. Nos responden que en el jardín central, y es allí a donde nos dirigimos, pasando puertas de las que cuelgan láminas de plástico, que debes apartar si quieres salir al césped.
El jardín es un placita de hierba sintética -o al menos eso creímos sacar en conclusión- y coloreada, reproduciendo formas que la noche no permitía visualizar con atención. Terminamos encontrado un hueco para nosotros y nos tumbados, como invadidos por el rollo Benicàssim. En frente, un escenario con fondo algo steampunk, y ella, Mary Hampton, la única que nos dio tiempo a ver, colocando sus guitarras.

Mary Hampton es una cantautora británica, de voz angelical, efímera, etérea y melancólica que, al ritmo del punteo de su(s) guitarra(s), te deja en los oídos sabor poético.
La escuchamos hasta el final, preciosa, simpática y muy amable. Su última canción es "Because You're Young", mi favorita. Ella canta y yo muevo los labios.
Fue mágico.
Tras aquello, el Metro vuelve a ser nuestro medio de transporte, de hecho, parecía que todos los madrileños nos encajonamos, nos apretujamos, tanto en los vagones como en los andenes. Mas nada parecía importar, pues solucionamos todo con algunas risas.
El McDonald's que se encuentra al lado de la Mallorquina es durante un tiempo, nuestro refugio, aunque también a otros conciudadanos se les ocurre la idea de ir a cenar allí, y por tanto los choques con sillas y bandejas son inevitables.
Nuestra siguiente parada es la Plaza Mayor, donde se celebra la Marcha por la Poesía, y existen grandes colas para recoger un globo con unos versos inscritos. En los nuestros pone:

"Sueño contigo
y no sé quién está
dentro de quien."
Benjamín Prado.
Todos, sin darnos apenas cuenta, nos quedamos callados tras leerlo. Un silencio de emoción. Se me ocurre romper el hielo usando la simpleza de: "Qué bello". Todos asentimos y vamos saliendo poco a poco del trance.
Descendemos Cibeles, Neptuno, hasta llegar al Jardín Botánico, acompañados por una orquesta que mostró como su colofón final -agárrense- "Paquito El Chocolatero".
Decidimos que el Jardín Botánico es una buena opción y nos embarcamos a la inmensa cola. Entramos al fin y descubrimos que el Paseo de Carlos III se ilumina con un líquido verdoso y brillante, metido en bolsas de suero que se disponen a lo largo de toda la calle. Vemos poco o casi nada, ya que además, las callejuelas laterales no están abiertas al público. Damos la vuelta, mostrando nuestra cierta decepción.
La Noche en Blanco acaba ahí para nosotros. El Metro, desde Atocha Renfe, nos lleva hasta casa. Caemos rendidos en la cama, sin aún creer los momentos maravillosos que hemos vivido.
¿Y tú?